lunes, febrero 25, 2008

Teseo y el Minotauro

El héroe ateniense por excelencia, hijo del propio rey de Atenas, Egeo, realizó tantas grandes empresas que acabó siendo idolatrado en su ciudad. Pero el hecho por el que sería más conocido en la posteridad es por librar a los atenienses del yugo impuesto por Minos, rey de la entonces poderosa Creta.
La historia se remonta años atrás, cuando el dios del mar Poseidón regaló un hermoso toro a Minos para que fuese sacrificado en su honor. El avaricioso rey no hizo tal cosa, si no que se decidió conservar a tan magnífico animal en lo más oculto de su castillo. La venganza de Poseidón fue terrible, pues dispuso que la propia esposa de Minos, Pasifae, cayera enamorada del toro, e incluso engendrara de él a un horrible monstruo, en Minotauro, con cuerpo de gigante y cabeza de toro. Minos, al ver aquel engendro, mandó a su arquitecto, Dédalo, construir un formidable laberinto, encerrando en él al Minotauro. Además, el rey cretense dispuso, en venganza por viejas afrentas, que cada año la ciudad de Atenas debía proporcionar a siete jóvenes y siete doncellas con los que alimentar al Minotauro.

El laberinto de Dédalo

Atenas, amenazada con la destrucción por parte del poderoso Minos, no podía hacer otra cosa que pagar el despreciable tributo hasta que intercedió Teseo: él mismo se ofreció a ser una de las catorce víctimas de aquel año. Antes de partir, Teseo dijo a su afligido padre, Egeo, que si conseguía vencer al Minotauro y regresar a Atenas, izaría una vela blanca en substitución de la vela negra que portaba el buque encargado de llevar a los jóvenes a Creta.
Una vez en Creta, los jóvenes fueron conducidos en presencia del rey Minos. Allí estaba Ariadna, hija de Minos, y al ver a Teseo se enamoró de él. En el camino hacia el laberinto, Ariadna se acercó a Teseo y le ofreció su ayuda a cambio de que la llevara con él a Atenas. Teseo, que a su vez también se sentía atraído por la princesa cretense, aceptó inmediatamente. A lo que Ariadna correspondió entregándole una madeja de hilo. Con ella, le explicó Ariadna, hallará la salida del laberinto si ataba el extremo a su entrada y la iba desenrollando a medida que avanzaba.

Teseo en el laberinto

Una vez dentro del laberinto, Teseo ató un extremo de hilo a la entrada y pidió a los trece jóvenes que le acompañaban que esperasen junto a ella. Se introdujo en el laberinto, encontró al Minotauro y lo estranguló. Impresionado por el valor del joven, Minos liberó a los atenienses y dejó partir a su propia hija, Ariadna, junto a ellos.
De camino a Atenas, Ariadna se separó para siempre de Teseo. Diversas versiones explican este hecho: una de ellas dice que Teseo no estaba enamorado de ella y la abandonó, otra cuenta que Ariadna murió a causa de unas fiebres,... sea como fuere, Teseo llegó muy apenado a las costas de Atenas... tanto que olvidó izar la vela blanca que como había prometido a su padre si volvía sano y salvo. Al ver aproximarse el barco con su vela negra, el rey Egeo, presa de la desesperación, se clavó su propia espada, muriendo sin conocer la hazaña de su hijo. Desde entonces, al mar que baña las costas orientales de Grecia se le conoce con el nombre de este rey.
Pasados los funerales por la muerte del querido rey, todos los atenienses pidieron a Teseo que fuera su rey, aceptando éste y dando paso a la época de mayor esplendor de Atenas. La leyenda cuenta que fue el propio Teseo quien renunciara al trono para dar inicio a la democracia en Atenas.

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